wait...
Cerca contenuti

Atti di convegni

[Tutti gli atti dei convegni pubblicati]
Procesos psiquicos arcaicos, in Segundo Encuentro APA SPI: la interpretacion
[188]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Editore: Asociación Psicoanalítica Argentina, Buenos Aires, 2000, pp. 113-134

RESUMEN

Se presenta un caso clínico, con muchos años de análisis, en el cual fue menester afrontar un difícil problema de técnica interpretativa. La paciente presentaba un funcionamiento mental muy arcaico, con un Self primitivo muy frágil, donde faltaba la distinción entre el Self pensante y el pensamiento pensado, y por consiguiente la paciente no podía pensar su propio pensamiento. El pensamiento ajeno, sobre todo el vehiculado por la interpretación, se vivía como algo extraño y aniquilador para el Self. Por consiguiente toda interpretación, sobre todo si era de transferencia, producía angustias intolerables. De aquí surgió la pesquisa de una técnica que dejase pasar algunos mensajes, más allá de la interpretación tradicional.

SUMMARY
The author presents a case of a patient, since many years in analysis, that stated to him some problems of interpretation technique. The patient had a very archaic mind functions and a primitive and very weak Self, without a distinction between the thinking Self and the thinked thought; consequently she was not able to think about her own thinking. Other’s thought, chiefly if it was brought by interpretation, was felt as if it was a “thing”, strange and annihilating the Self. Consequently every interpretation, chiefly the transfert ones, used to rise unbearable anxieties. The case stated to the author the problem of seeking the way to let some message reach the patient, beyond usual interpretation tecnique.

************************************
Se suele decir que la patología psíquica mudó, hoy, respecto a la que se detectaba hace décadas y respecto a la época del nacimiento del psicoanálisis, que coincidió con su máximo desarrollo teórico y técnico. También se dice que el cambio de la patología estimuló un nuevo acercamiento al psicoanálisis, sobre todo por lo que a técnicas se refiere. Se sostiene también, sin embargo, que un cambio en la formación de los analistas hoy permite enfocar a los pacientes de forma diferente. Indudablemente el desarrollo del psicoanálisis supuso que se afrontasen casos, con frecuencia graves, que antes se etiquetaban como controindicaciones al análisis, lo cual ofreció nuevos aportes. En la vertiente teórica se llegó a una mayor comprensión de los procesos psíquicos más arcaicos y de las fases precoces del desarrollo; en la vertiente técnica se debatieron la calidad, oportunidad, tipo, modulación de la acción interpretativa del analista, en función del estado, o estadio, de desarrollo en que se encuentra funcionando la mente del paciente. La literatura sobre el tema es muy amplia: como mero ejemplo podemos citar el texto muy completo de Greenspan (1997). En este trabajo, limitándome a una descripción meramente clínica, expondré un caso que me planteó varias dificultades: durante algunos años, engañado por la integridad aparente del aparato psíquico de esta paciente, por el alto desarrollo de su lenguaje, y por las capacidades relacionadas con su estatus profesional, próximo al nuestro de analistas, adopté la técnica interpretativa clásica, a la cual fui entrenado. Sin embargo tuve que darme cuenta de cómo esta “mente”, con haber desarrollado una estructura adulta en líneas generales “normal”, conservaba un funcionamiento arcaico, cada vez más evidente mientras el trabajo analítico proseguía. Por consiguiente me encontré ante la necesidad de cambiar la organización de la interpretación, buscando una técnica algo diferente: se trataba de desconfiar de una interpretación excesivamente fundada en la verbalización, y de indagar sobre mi contratransferencia, para comprender lo que hace el paciente más allá de las palabras, y lo que decodifica de mí. De esta forma, en lugar de interpretar, puedo abstenerme de la interpretación, tratando de modular algo que el paciente demueste percibir. Paralelamente, este caso me planteó interrogantes sobre lo adecuadas que resultan las teorías psicoanalíticas tradicionales.

El caso

Bambi, que llamé así por la sensación que daba de cervatillo asustado, ha llegado hoy en día, con sus cuarenta y cuatro años de edad, al año trece de análisis (cuatro sesiones desde hace ocho años): un tiempo enorme, excepcional, que me indujo muchas veces a considerar la hipótesis de desistir, a pesar de la demanda continua por parte de la paciente. La estructura de Bambi se podría definir como esquizoide; presenta un núcleo psicótico de defensas primitivas profundo y enquistado, que le impide el contacto y le hace vivir una existencia vacía. Parece asomarse una patología no de conflicto sino de defecto, en las articulaciones primarias del desarrollo mental, o, mejor dicho, de la “construcción” (Imbasciati, 1998) de las estructuras de la mente. Lo tapa todo un funcionamiento de superficie que, a grandes rasgos, puede parecer normal: la paciente se formó, se convirtió en profesional de la psique, trabaja y vive autónomamente.            La madre parece una típica madre esquizofrenógena, o quizás esquizofrénica compensada. A través del filtro (nada transparente, en esta paciente tan cerrada, como si estuviera vacía, al contarme sus historias) lo que pude llegar a comprender es que esta madre estaba apremiantemente presente con los hjos (Bambi es la segunda de tres hermanas) pidiéndoles en continuación que se expresasen, pero a la vez “corrigiéndolos” en todo lo que decían, o cambiando completamente de tema de conversación, sin mantener el diálogo. Al parecer, esto había producido un efecto traumático, quitándo seguridad al pensamiento del niño, bloqueando su capacidad de representar el mismo pensamiento, produciendo miedo a ese contacto que, por otra parte, se estimulaba. El metamensaje era de este tipo: “¡Venga, dime! No, te equivocaste, tienes que pensar de otra forma. ¡ Ahora tienes que pensar en otra cosa!”. Esta actitud maternal parece haber estado en actividad también durante la época preverbal, impidiéndole a Bambi el desarrollo de las capacidades normales del pensamiento, sobre todo por lo que se refiere a la posibilidad de entrar en contacto con los care-givers y “aprender” así a leer sus propias necesidades, a transformarlas en deseos, a expresarlas en un diálogo, afectivo y efectivo, antes que verbal. En otras palabras, no había tenido lugar ese trabajo de révèrie gracias al cual la madre acoge las identificaciones proyectivas del niño, las sanea y se las devuelve bajo forma de objetos pensables, y de este modo le “enseña” al niño a “pensar” y paralelamente a diferenciar un primer Self pensante, distinto de los objetos pensados, y a desarrollar las capacidades de pensarse, es decir de leer su propia interioridad, de aclarar sus propios pensamientos y de distinguir su Self de los pensamientos que se van formulando. Si nuestros pensamientos no se distinguen de un Self pensante, su posible modificación se vive como una alteración del Self, como si se tratase de una acción muy peligrosa para la fragilidad del mismo. A ciertos niveles de funcionamiento arcaico y en ciertas patologías, como en el caso que estudiamos, un primer frágil Self parece consistir justo en los pensamientos que se formulan, así que la modificación de los mismos por parte del pensamiento ajeno se advierte como un atentado a este Self: el pensamiento ajeno se vive como una invasión, y por consiguiente nuestro pensamiento, en lugar de modificarse gracias a aquél, tiene que ser mantenido, contra-acción contra la acción, defensa firme e irreversible contra la invasión.

Bambi tiene, pues, un grave defecto de simbolización. Vive por consiguiente en un mundo donde hace falta defenderse con un pensamiento-acción propio ante las invasiones aniquiladoras y perturbadoras del pensamiento ajeno, que se ve como acción intrusiva. Una madre, en efecto intrusiva además que productora de inseguridad, había fomentado la transformación de las necesidades de contacto de la niña en un “contacto armado”, en un duelo continuo de acciones y de palabras-acciones, donde no se reconoce lo que ellas significan, o sea la capacidad de leer el pensamiento, de pensar, de pensarse, de reconocerse y reconocer, de no tenerle miedo a un intercambio de pensamiento, es decir, en primer lugar, a la posibilidad de recibir ayuda, ya que la ayuda consiste en la asimilación del pensamiento ajeno para enriquecer y potenciar el suyo. Resulta defectuosa, por consiguiente, la capacidad de representarse sus mismos procesos mentales, sobre todo por lo que se refiere a los estados emotivos.

La madre estimulaba en Bambi el contacto, para evitarlo a continuación, destruyendo así su capacidad de diálogo: en época preverbal, negando la necesidad y produciendo a la fuerza otra en la mente de la niña; en época verbal, cambiando sistemáticamente de tema cuando la niña empezaba a hablar o corrigiéndola: se contradecía así el pensamiento verbal en ciernes, y se producía otra intrusión de su pensamiento en el de la hija. De este modo un niño no puede “dialogar” con la madre (con su care-giver): no se da el saneamiento de los objetos interiores y la adquisición de la función alfa a través de la maternal, como ha aclarado la literatura psicoanalítica desde Bion en adelante. No se forman la capacidad interpretante del pensamiento, ni las capacidades de reflexión. El pensamientio adquiere una verbalización de cobertura, se queda, y se convierte en equivalente de una acción impulsiva: al no poder ser representado de forma adecuada, no puede ser vivido, sino solamente expresado (o sea, etimológicamente, “exprimido”), no puede ser examinado, criticado, asimilado si es ajeno, aclarado, si es nuestro, enriquecido; tan sólo puede ser “controlado”, con otro pseudopensamiento-acción engendrado en un terreno autóctono, en sintonía con el Self como el primero, aun cuando esté en contradicción con éste: Bleger (1967) habló, aunque en términos algo diferentes, de ambigüedad. No se pueden, pues, examinar la contradicción, y la contradictoriedad, bien entre nuestro pensamiento y el ajeno, bien entre nuestros propios pensamientos; esto se advierte como un peligro, porque llevaría a la fragmentación, o a la anulación, de nuestro frágil Self. Hay pues que “controlar” no sólo el pensamiento ajeno, en relaciones que se reducen a interacciones, sino también el nuestro. De este modo se corta la posibilidad que dentro del Self nazca un pensamiento distinto del pensamiento de contra-acción engendrado por defensa; o, de todos modos, diferente del que se vino a configurar de entrada en la mente. Este último, en efecto, se advierte como irrenunciable afirmación de su primer Self, separado, defensivamente, de algún objeto primitivo, sin que sea a la vez él mismo objeto que se puede volver a pensar (a considerar, se suele decir, y quisiera subrayar que se trata de una actividad de “autorreconsideración”); o que se pueda criticar, elaborar, enriquecer. Dicho en otros términos, no se adquirió la capacidad de pensar el pensamiento propio. Los cognitivistas, desde otra cumbre, hablan de defectos de la capidad metacognitiva y de lo que ellos definen, en relación con las emociones, teoría de la mente (Bretherton, 1990). Fonagy, relacionando algunos de estos aspectos con el estilo de afecto y con la cumbre psicoanalítica, habla de “Reflective Self Capacity” (Fonagy, Steele, Leigh et al., 1995).

La distinción grosera ente un primer Self y algo diferente del mismo que no se representa todavía como “objeto” (Imbasciati, 1998), conlleva el que los primeros protopensamientos tienen el valor de una “cosa”, que constituye el primer Self y que, al ser “cosa”, no se puede modificar: hay que defenderla contra la invadencia de las “cosas -que-no-son-el-Self”, invadencia que produce confusión porque pone en discusión la distinción primaria Self-no Self. Por otra parte hay que defender dicha “cosa” también contra protopensamientos propios sucesivos que podrían anularla (o, a nivel desarollado, contradecirla). A estos niveles una “cosa” no se puede modificar, sino sólo enajenar. Protopensamientos sucesivos se superponen a los anteriores sin modificarlos. Sólo en un nivel más desarrollado de diferenciación entre el Self y los objetos, también el pensamiento propio se puede convertir en objeto, objeto de un Self que adquirió la capacidad pensante de pensar su propio pensamiento. Antes de llegar a este nivel, un pensamiento distinto del que se formuló se advierte en su capacidad aniquiladora del Self que está naciendo. Aquí podemos referirnos a la nihilation de la que habla Odgen (1999), que en mi opinión es valedera no sólo respecto a un pensamiento ajeno temido[1], sino también ante el nuestro. No se puede utilizar el pensamiento ajeno para pensar el nuestro; el pensamiento ajeno, al contrario, se percibe como aniquilador de los pensamientos propios. También nuestro pensamiento puede autoaniquilarse: si no se da la capacidad de vernos como entidades que pensamos nuestro pensamiento, nos vivimos como si fuéramos el pensamiento recién formulado, así que formular otro distinto se siente como anulador.

Estas consideraciones fueron madurando en mí a lo largo de los años del análisis de esta paciente: su aclaración progresiva me ayudó a comprender el nivel evolutivo, arcaico, en el que estaba operando esta estructura mental, y a modificar por consiguiente mi actitud interpretativa.

Bambi revela una desesperante incapacidad de observarse y comprenderse, y además no sabe externarse a sí misma para construir relaciones, parece no poder relacionarse consigo misma, ni leer nada de su interior. Tiene alguna percepción de su inconsciente, pero se trata de una noción meramente profesional, sin que sepa que tiene en sí lo no sabìdo. Con esta paciente me planteé muchos interrogantes acerca de la naturaleza y el origen del inconsciente, acerca de la diferenciación primaria entre consciente e inconsciente, y la necesidad intrínseca de que cierto inconciente tiene que eludir la conciencia (Bollas, 1987, 1992; Imbasciati, 1999).

Por otra parte esta paciente parece mostrar una ansiedad de abandono intensa y primaria a la vez. Debido, según creo, a la falta de un soporte por parte de personas mayores que pudiesen desarrollar de forma adecuada un aparato mental más evolucionado, en Bambi se evidencia un terror (diría un “terror sin nombre”, en la acepción bioniana) a estar sola; y a la vez se detecta la necesidad intensa y no reconocida de estar cerca de alguien. Se trata, sin embargo, sólo de una proximidad física, ya que contacto y diálogo aterran todavía más que el abandono; y esta proximidad llega a expresar una relación que, según Bowlby (1969-1979), se podría definir de “apego evitante”, ya que consiste en un diálogo verbal, a menudo ecolálico, sobre temas del todo impersonales. Tal apego hace que rechace cualquier idea de separarse de mí, y a la vez toda forma de diálogo no verbal, inevitablemente más directo. Bambi rechazó siempre las propuestas de vis a vis, nunca cruza conmigo la mirada al entrar o al salir del cuarto, y se demuestra completamente insensible a todos los mensajes paraverbales que tanto importan para el análisis en la cama analítica.

La contradicción entre la constricción a quedarse a mi lado y el terror al contacto, parecen explicar su aspecto de animal asustado, con los ojos abiertos de par en par y sin mirada, que me han sugerido llamarla Bambi, como el cervatillo sin madre[2]. Podríamos hablar de conficto ente dos tendencias opuestas, si éstas se interiorizasen como afectos, pero en nustro caso la contradicción no llega al nivel de la contradictoriedad, no se trata de una vivencia, por muy primitiva que ésta sea, sino sólo de un resultado obligado, que se convierte en epifenómeno comportamental. Utilizando la expresión de Bleger, en Bambi la ambigüedad está muy lejos no sólo de toda conciencia, sino también de toda pensabilidad. Un modelo kleiniano podría considerar que las defensas de la persecución inducen odio y por consiguiente miedo a perder el objeto, aumentando de este modo la necesidad del mismo. Sin embargo, hablar de afectos, y por tanto de conflicto, aunque en una dinámica esquizoparanoide, sirve poco para describir la situación, más primitiva todavía, de esta paciente. Se trata de una situación muy parecida a la que describe Bleger (1990) como glinscrocargada (o glinscrocariota), donde la distinción ente un Self y los objetos no se interioriza y apenas se puede mantener, sólo en función de defensa, entre los objetos exteriores y un Self que tiene que oponerse a los mismos.

Bambi parece haber desarrollado una suerte de núcleo autista, sin embargo muy peculiar porque le quedó la necesidad del contacto; así como el deseo, mistificado sin embargo por una satisfacción perversa[1], está cubierto de racionalizaciones. Esto no pasa sólo para conmigo. Con este núcleo pudo preservar el Self, defendiéndose del ataque disgregador de la madre, y, creo, se “salvó”, desarrollando, con una nueva verbalización, un falso Self que le permitió una existencia aparentemente normal.

Bambi, que había solicitado el análisis advirtiendo un malestar oscuro, y sobre todo comprendiendo intelectualmente, como profesional que es, sus carencias infantiles y familiares, no sabía hablar de sí, ni de su vida diaria: estaba vacía; y desde el comienzo ha ido llenando las sesiones de pseudoasociaciones que era como si perteneciesen a otra persona; si la interpretación la llevaba a referirse a sí misma entraba en persecución.

En una estructura mental de este tipo, resulta evidente la dificultad de la interpretación. Cualquier pensamiento del analista, transmitido de cualquier forma, es una “cosa” que puede desconfirmar, aniquilar ese Self rudimentario en el cual la paciente se sostiene de forma autista. Bambi se esforzaba por “recordar”, verbal e intelectualmente, lo que yo “decía”: sin embargo su recuerdo estaba desconectado, vacío, atribuido a mipensamiento, sin posibilidades de asimilación por parte del suyo. En realidad, siempre que se podía acoger algún mensaje mío, salía a la escena la madre, desconfirmadora, entrometida, persecutoria, y el mensaje se rechazaba; nunca, sin embargo, de forma explícita. Se le destruía y reinaban el vacío, el desierto. Tenía la impresión de un “estado del ser” (Bollas, 1990, 1994; Ogden 1990) primitivo, anterior a la situación esquizoparanoide, donde falta la “subjetividad”, ni existe un Self que se sienta protagonista de su pensamiento, capaz de producirlo (o sea de no sentirlo como algo que meramente se le hubiese ocurrido, como una secreción, o a menudo una deyección), capaz también de perfeccionarlo, o sea de criticarlo, examinarlo, enfocarlo. En estas condiciones tenemos en cambio un Self donde no parece haberse dado la diferenciación entre consciente e inconsciente que es anterior a una subjetividad capaz de pensar pensamientos porque está en la base de la misma.

Para Bambi, sus pensamientos son un acontecimiento, un “hecho” egosintónico irreversible, una “cosa” inmodificable. Por otro lado, toda interpretación no puede sino percibirse como “cosa” extraña, es decir mía, que yo trato de introducir en ella, en contra desus “hechos”, y que puede disgregar el pseudo-Self, unido y consciente, que ella se construyó y con el cual se sostiene. No sólo no hay capacidad de autorreflexión (perdóneseme el pleonasmo etimológico), pero la situación de transferencia le refuerza la presencia de una madre que puede siempre meterse y “desconfirmarla”. En la sesión, pues, no sólo no puede considerar la posibilidad de acoger la interpretación, para modificar su pensamiento ni reconocer en sí la presencia del fantasma maternal (lo cual equivale al reconocimiento de la transferencia con la ayuda de la interpretación), sino que su mismo pensamiento, incluidas las partes completamente autóctonas, se vuelve cada vez más rígido por la presencia de la interpretación, sobre todo si es de transferencia; esto produce una incapacidad casi total de observarse.

Una situación transferencial tan pesada se presentó pues de muy difícil solución interpretativa. Toda alusión al fantasma maternal y al hecho de que la paciente actuaba conmigo en función de éste, reactivaba la presencia de aquel fantasma, que no se podía reconocer como tal, y que sin embargo era activo, objetivado en los pensamientos vehiculados por la interpretación: la interpretación de transferencia se convertía en un juego cultural-profesional, en tercera persona, o se volvía angustiosa y constrictiva, en lugar de liberatoria. Este aspecto de mi interacción con la paciente me puso repetidamente en crisis: por un lado me hacía preguntas sobre mi contratransferencia y sobre cómo ésta podía llegar a contaminar mi actividad interpretativa; por otra parte me sentía estimulado a la pesquisa de una transmisión cualquiera de mi pensamiento que pudiese superar la angustia evocada por una interpretación demasiado directa. Sobre todo, me enteraba de cómo se prestaban a un juego perverso de la paciente las palabras que solemos utilizar para interpretar, más allá del estado anímico con el cual yo las pronunciaba. Su pensamiento-acción se concretaba en palabras, precisamente, de las que ella se servía para apartar las emociones que siempre conlleva un verdadero pensamiento: interpretar a través de las palabras, como todos nosotros hacemos por elección, suponía la sintonía inevitable con su forma de interactuar: acción contra acción. Se me planteó entonces el problema de desarrollar una transmisión de pensamiento interpretativo no verbal. Le propuse a la paciente sesiones vis a vis: se negó rotundamente. En efecto, un mensaje no verbal, justo porque eludía su uso perverso y defensivo de la palabra, aumentaba el contacto, esto sí, pero por esto mismo la asustaba más, así que mi uso eventual de canales no verbales podía resultar todavía más intrusivo.

Bambi lleva dentro una madre que resulta intolerable por pensar, introyectada sin que la hija pudiese entrar en relación con ella; y esta madre se expele mediante una identificación proyectiva en mí continuada y violenta. No es que mis interpretaciones la deconcierten y punto, como si de las intrusiones maternales se tratase, sino que me fuerza, en una suerte de enactement, a tomar la parte de la madre: me estimula para que yo intervenga, para jugar luego con mis interpretaciones y con sus reacciones para poder creer o demostrar (recreando, de todos modos, si procede, una situación) que yo me estoy portando como la madre, que la fuerzo, que la obligo a hablar, pero sin escucharla y sin comprenderla; mis intervenciones resultan para ella desorientadoras, poco pertinentes, o hasta lesivas y “malas”. Tiene que sustraerse, pero sin irritarme ni alejarme; tiene que fingir que me acepta tal como soy para ella: una persona rara, que hay que soportar. Por otra parte, justo con este juego de provocaciones y retiradas, hace conmigo de madre: recrea con su comportamiento para conmigo la madre que me estimula a mí, el niño, a hablar, a expresar mi pensamiento para luego desconfirmarme, tomarme el pelo, despreciarme, y cambiar de tema respecto al hilo del diálogo que parecía desenvolver; o, mejor dicho que me había dado la impresión que yo pudiese seguir.

De este modo Bambi hacía que yo sintiese la pena que había sufrido cuando niña ante tal madre. Se trata de dos mecanismos de identificaciones proyectivas, evacuatorio el primero y comunicativo el segundo, que hacían problemática la valoración sobre la oportunidad de la interpretación. En efecto, mientras la paciente podía de una forma u otra aceptar que yo le enseñase , expresando la contratransferencia, toda la angustia que había sentido cuando niña con la madre, era prácticamente imposible asimilar la interpretación que ella se portaba como la madre; y mucho menos podía hacerle entender el uso que hacía de mí, forzándome, o haciendo que a sus ojos yo apareciese como la madre. En efecto, no es que ella me viera así: para ella yo era efectivamente así: raro, imprevisible, desorientador, y -en fin de cuentas- un bicho raro con quien convivir.

Toda interpretación sobre estas últimas vertientes no hacía sino aumentar el sentido de extrañeza que ella sacaba: ver que era ella como la madre, que no yo, habría supuesto que sintiera ser la madre y tener en sí ese objeto terrible del cual siempre había tenido que defenderse; no podía “verse como”, ya que no tenía ninguna capacidad de verse; pero sí podía sentir que “tenía”: que “tenía”en sí algo aniquilador. Su Self podía subsistir sólo si se negaba lo que se encontraba en sí mismo. Durante mucho tiempo pensé en estos comportamientos suyos como en ataques destructivos, dirigidos contra mí, y contra las interpretaciones y el trabajo que podíamos hacer juntos, o sea contra nuestra relación. En efecto, yo me sentía destrozado, y desesperado. En ese sentido, durante cierta temporada le di interpretaciones de esta clase. Pero posteriormente me di cuenta de lo inútiles y contraproducentes que eran éstas interpretaciones; y de lo automática y primitiva que era en cambio su reacción: aunque me destruía, no tenía intención (o sea el nivel de un afecto) destructiva, sino tan sólo defensivo-evacuatoria. Dicho en otros términos, hablar de impulsos destructivos, de ataque a la pareja, o de envidia significaba atribuirle un nivel evolutivo mucho mayor y darle interpretaciones ineficaces. Se trataba, en cambio, de incapacidades primarias.

En este cuadro esta paciente había sabido evitar sistemáticamente cualquier posible comunicación conmigo: era como si temiese que lo que me podía revelar de sí se me destrozase dentro. Por esto no hablaba nunca de sí, de su vida diaria: y yo me encontraba sin saber nada de su vida. Lo que decía durante la sesión no era una narración que pudiese afectarla, sino una serie de pseudoasociaciones desconectadas en tercera persona, nada más ni nada menos que si estuviera hablando del tiempo o comentase algo con una persona desconocida encontrada por casualidad. Si yo le evidenciaba directamente esta forma de relacionarse, se esforzaba, con mucha buena voluntad, por decirme algo, que sin embargo resultaba absolutamente falso e inauténtico, desconectado de su comparticipación. Todo esto acontecía automáticamente, como si se tratase de poner vallas de ramas secas en un desierto. Durante la sesión, Bambi a menudo se callaba: de vez en cuando hablaba, así como acabo de referirlo, justo para hacer algo. Por otra parte el silencio no tenía signifcado, ni ella podía concebirlo como un interrogante. Asimismo, mi silencio no se podía captar como expresión por descifrar: se trataba tan sólo de un vacío, un vacío que ella había visto en mí y que era especular al vacío real en el cual vivía su mente.

Para ejemplificar lo que traté de describir, voy a referir aquí dos sesiones de análisis.

Una sesión
(en el décimo año de análisis)
La paciente llega con un cuarto de hora de retraso: “Nada, pensaba en las últimas sesiones. En lo que usted decía, es decir que yo pensaba estar con cierto tipo”. Se calla. Sé que se refiere a sesiones anteriores: había traído una comedia de Pirandello, donde una mujer (Evelina) era completamente distinta según el marido con quien vivía, hasta tal punto que cambiaba de nombre: Eva, o Lina. Yo había interpretado así: según las oscilaciones [persecutorias o de socorro] con las que ella me sentía en la relación analítica, casi en un connubio, ella se sentía completamente diferente [en su identidad] hasta tal punto que dudaba, un poco asombrada, de quién era en realidad. En esas sesiones la paciente había demostrado haber asimilado la interpretación, explicitando su contento y su alivio al sentir muy mejorada su relación conmigo. En la penúltima sesión había habido un contacto entre nosotros, excepcional para esta paciente. Luego había llegado diez minutos antes del final a la última sesión, en estado confusional, después de haber agarrado el autobús equivocado, sin conseguir volver a conectar los cables.

Ahora advierto que los cortó del todo: su tono es anodino, la frase lacónica hasta los límites de la comprensiblidad, y además dice “pienso en lo que usted decía de mí”, es decir realiza su habitual defensa que consiste en borrar la asimilación de la interpretación, evacuándola como cuerpo extraño de su propia comprensión y convirtiéndola en mera frase-etiqueta que yo le habría pegado, y a la cual se somete por diligencia y complacencia.

Callo, pues, a sabiendas que cualquier intervención mía sólo podría aumentar la angustia que le hace extroverter mi pensamiento del suyo. Murmura algunas frases breves y entrecortadas: “Hay una oscilación en un sentido”, “Ahora se da una interacción mejor” y otras palabras que no logro captar. Luego calla, tose, con una tos ligera e intencional. Vuelve a callar. Luego dice: “Pensaba pasar a otra obra de Pirandello; escribió muchas”. Siento que no consigue pensar en primera persona, así como ya no posee el sentido de la interpretación sobre Evelina cuya asimilación, en cambio, había demostrado en la sesión anterior. Sigue callando y yo advierto que se espera que yo diga algo para implicarme en los juegos acostumbrados donde, en la medida en que utilizo sus frases[1] para interpretar, me dice “Sí, es cierto” para seguir dando pseudo-asociaciones y convirtiendo el análisis en un ejercicio que no la afecta en primera persona. Por esto me callo. Después de un largo silencio continúa en el mismo estilo: “Se me ocurren diferentes obras, pero ninguna me tocaba como aquélla”. A este punto le digo: “Sí, era evidente que el personaje de Evelina la tocaba, personalmente, pero ahora veo que tiene dificultad para seguir en primera persona, y busca otros personajes que le eviten pensar en lo que en cambio había advertido en las sesiones anteriores”. Contesta: “Sí, tengo esta dificultad”. Trato de insistir: “Quizás se sienta angustiada al pensar en sí misma”. Calla, y luego siento que pasa por alto: “Aquella comedia venía a cuento. Me llamó favorablemente la atención el hecho de que usted aceptase que yo le hablase de algo que me interesaba; que usted me aceptase con mis intereses”. Yo pienso que la paciente se ha angustiado porque la volvía a llevar a la primera persona, y que me está pidiendo que acepte que ella siga hablando de sus intereses culturales, sin interpretar. Pero no sé qué hacer: siento un viejo juego suyo; si me adhiero a su petición, saca un alivio momentáneo, pero me implica en un análisis intelectualizado sin fin; si interpreto (aun limitándome al motivo defensivo de su petición) se angustia y entra en la persecución. Por esto me callo, esperando un momento más oportuno. Ella sigue: “Se me ocurren la amiga de la mujer y Piénsatelo, Giacomino”. No comprendo de qué habla ni a nivel manifiesto (¿de qué obra de Pirandello se trata?) ni a nivel profundo. La paciente acostumbra mezclar frases y conceptos fragmentarios: narcisísticamente da siempre por descontado que yo sepa de lo que está hablando; a menudo parece seguir la estrategia de confundirme, y lograr así dos objetivos: sentirse incomprendida (poniéndome pues en una situación de deuda) y seguir haciendo su estéril ejercicio, su hacer y deshacer. De nada valdría interpretar que quiere que sienta su confusión.

Y así continúa: “No es cierto que Pirandello sea tan cerebral, todo lo contrario. Se trata de sentir los sufrimientos de las personas”. Al sentir cierta demanda y cierta proximidad intervengo: “Usted se está preguntando si yo, cuando hablo de sus dificultades, la acepto por lo que es, con estas dificultades, y si comprendo sus sufrimientos”.Contesta en en el acto, demasiaso rápidamente: “Sí, claro. Es algo por el estilo”. Pienso que mi alusión al sufrimiento produjo su retirada. En efecto, continúa como si lo que vamos diciendo afectase solamente la literatura sobre Pirandello. Dice: “Estas cosas de Pirandello son su característica. En ambos casos [?] uno trata de hacer el bien con efectos desastrosos. La amiga de la mujer. Ayuda a la mujer, pero no se casa. Parece una bienhechora, pero el efecto es opuesto, porque el marido deja de querela”.

Dice más cosas, poco comprensibles, y finalmente intervengo yo preguntándole “¿Piensa que hay analogías con lo que pasa aquí entre nosotros?”. Emite un sonido. Veo que hace una mueca. Dice: “Pienso que es difícil ayudar a la gente”. Continúa con un caos de fragmentos de comedias de Pirandello: me parece que la nota fundamental sobre la cual insiste es la de querer ayudar a alguien, produciendo un desastre. Le digo entonces que esto parece un aviso que me esté dirigiendo. Calla mucho rato; luego añade: “Puede ser: pero a mí estas cosas se me ocurren por casualidad”.

Siento su tono de voz como si estuviera justificándose ante un supuesto reproche de mi parte: comprendió perfectamente, a través de mis pocas palabras, que el aviso se refiere al hecho de haberme acusado que la quiero ayudar, produciendo en cambio desastres, pero considera mi intervención como si yo le reprochase el haber pensado llamar la atención, o, de todas formas, el hecho de que ella piense de mí ciertas cosas. Como de costumbre siente el pensamiento como una acción, que puede ser reprochable, como si el pensamiento no pudiese transformarse, aclararse, enriquecerse en un diálogo; como si no se pudiese considerar el inconsciente -se me ocurriría decir- a pesar de tantos años de análisis. En realidad, se trata de un defecto en las estructuras primitivas de la mente: un Self tan frágil, tan expuesto a los terrores de aniquilación, que puede ser mantenido sólo a costa de agarrarse a sus propios pensamientos concientes como si de acciones se tratase que tienen que guardarla de la persecución de los pensamientos-acciones correspondientes emitidos por mí. Tiene que rechazar mi interpretación porque sería un castigo para su pensamiento. Considerada la madre de esta paciente, es natural pensar en un recién nacido que no pudo aprender a pensar porque la madre no era capaz de acoger las identificaciones proyectivas malas y devolvérselas saneadas bajo forma de pensamiento: ese niño aterrorizado [el terror sin nombre de Bion], no podrá entonces concebir la posibilidad de “pensar mal” de su madre, y para subsistir sin sentirse aniquilado, y para dejar que una madre subsista a su lado, por un lado tendrá que agarrarse a sus propios pensamients, autóctonos, rechazando toda sombra de duda sobre los mismos, y por consiguiente cristalizándolos irremediablemente en las formas en las cuales se expresaron (palabras), reforzando pues su carácter de acciones; por otra parte, tendrá que evitar el diálogo, el encuentro, el debate.

Me pregunté cómo es posible, a estos niveles de evolución, que se diferencie una conciencia de un inconsciente. Y,  entonces, ¿ éste último en qué términos se puede considerar? (Imbasciati, 1999). Para Bambi el inconsciente parece ser una intelectualización profesional, por lo menos cuando se aplica a ella misma. De todos modos ella, cuando advierte que me necesita, o después de haberse sentido en contacto, utiliza un típico funcionamiento mental suyo, que podemos homologar al de los estados psíquicos más arcaicos: ella no puede concebir tener pensamientos diferentes de los que va expresando por palabras; tal vez porque éstos podrían contener todo el “malo” el intolerable y destructivo terror sin nombre. Las asociaciones, por consiguiente, no pueden ser más que un ejercicio ajeno, en tercera persona: si se refieren a ella misma provocan un sentido de culpabilidad intolerable. Bambi, pues, se justifica: habría podido interpretárselo, con el intento de hacerle comprender que se había sentido en culpa por mi breve comentario interpretativo, pero estoy seguro, debido a lo prolongada que fue la experiencia, que se iba a retraer todavía más; iba a negar, borrando su sentirse acusada, y la interpretación misma acerca de su sentimiento. Para esta paciente, la interpretación es una invasión que provoca terror y cuanto más angustiada está, tanto más borra sentimientos e interpretaciones sobre los sentimientos, anulando su capacidad de “pensar”. De aquí surge su dificultad básica ante el análisis. Dificultad para ella, y dificultad para mí, a la hora de escoger cómo interpretar y cómo dosificar la interpretación; o, en muchos casos, decidir cómo transmitir algo más allá de las palabras.

Llegado a este punto de esta sesión considero necesario hacer algo para tranquilizarla. Así, digo que sabe muy bien que todo el análisis se hace con lo que se le ocurre a uno por casualidad, y que se prescinde de las intenciones; me atrevo también a decir que ella quizás esté asustada por posibles pensamientos distintos de los expresados. Calla, y luego: “Estas cosas ya se me ocurren en mi trabajo [profesional]… ¡Qué difícil!”. Pienso que la paciente está teniendo un insight. Vuelve a callar, luego: “Por supuesto estas cosas se refieren a usted”. Siento que su insight se bloqueó, convirtiéndose en intelectualización complacida. En efecto, vuelve a hablar de Pirandello, como de algo que no es suyo. “Pienso en los siete personajes: el padre trata de ser bueno con la mujer; en cambio la cosa marcha al revés.Bueno, son seis personajes…”, y sigue hablando de Pirandello y del hecho de que alguien quiere ayudar a otro, y en cambio le hace daño. Calla, y entonces le digo que, si consiguiese reflexionar sobre el séquito de las cosas que se le han ocurrido, podría comprender el significado de lo que pasó en su interior durante estos minutos. “Ya -contesta- el significado. Sí, tiene razón”. Calla, luego dice: “En las comedias de Pirandello hay muchos significados…”. Sigue hablando de lo mismo. Yo suspiro. Comprendo que se dio cuenta del suspiro, y que sin embargo finge que no existe. Luego calla; tose. Vuelve a hablar del hecho de  que los seis personajes suplican al director que monte su tragedia. Ahora intervengo para decirle que también nosotros montamos su tragedia desde hace muchos añs, y que sin embargo no conseguimos ponernos de acuerdo sobre el tipo de actuación que puede dar satisfacción al dolor de los personajes. La sesión termina. Me siento entre agotado e irritado. En efecto, hubo una destrucción continua de lo que yo trataba de hacer por ella: un ataque, pues. Pero ¡ay de mí! si se lo hubiese interpretado de este modo. Si se puede hablar de ataque, éste es intrínseco en los procesos arcaicos; no logro pensar que se puede hablar de envidia; me resulta más útil mi concepto de autotomía (Imbasciati Calorio, 1981, Imbasciati 1998).

Dos sesiones
(en el año once de anáIisis)
Después de dos sesiones saltadas, la paciente empieza diciendo “Pienso en el sueño de la oveja”, y calla. Se trata del sueño de la última sesión, donde había tenido la sensación que se podía asimilar alguna interpretación. Calla, y yo con un “eh” trato de estimularla a la evocación. Pronuncia algunas frases escuetas, relacionadas con el sueño manifiesto: tengo la sensación muy clara de que todas las interpretaciones que en la última sesión parecía que se habían captado ahora han sido borradas, y que las dos sesiones saltadas, por ningún motivo real, han tenido el objetivo de esterilizar las interpretaciones. Éstas se referían sobre todo a una posible inversión de perspectiva de su relación acostumbrada conmigo, en la que ella podía imaginarse interesada en lo que yo hacía por ella en lugar de sentirse obligada a una tarea. Calla, luego dice: “Tuve un sueño raro. Estaba en un museo, no había nadie con la excepción de los vigilantes. Estaba en una sala con cuadros. Me cercioraba de que uno era San Sebastián. Le besaba, y él se transformaba, salía del cuadro, estaba vivo, y las heridas se le curaban. Me recuerda el Ecce homo de Antonello da Messina. Hacía algo impulsivo, incorrecto respecto a las reglas de un museo”.

Calla. Siento que espera que hable yo, que ponga en palabras el significado del sueño para poderme atribuir como siempre este significado, cosificado en palabra, y referido a lo que “entiendo” yo, y no a un pensamiento, que podría ser suyo, o que ella podría hacer suyo. Considerando esta habitual defensa, callo; mientras pienso que no pudo conservar, a pesar de todo esfuerzo consciente, las interpretaciones como cosas suyas, así que éstas, que han vuelto a ser palabras mías, se le convierten en flechas. Estas flechas la traspasan [mi pensamiento traspasa el suyo], en un martirio inevitable [así es como ella vive el análisis], y sin embargo glorificador [es la santa mártir que me aguanta], y la muerte y el dolor hacen que se sienta perversamente viva, en una identidad enferma. Pienso que se siente como momificada (la llaman “la momia”) en un cuadro del cual sin embargo desea que se la saque gracias a un beso vivificador que cure sus antiguas heridas. Teme, por otra parte, “el impulso”, que la llevaría a salir del cuadro y a entrar en contacto conmigo: teme mi beso, que es a la vez un beso de sí misma a sí misma, como una ruptura de las reglas de su museo, de su ficción de vida y de análisis; teme el encuentro con su parte interior; teme salir de las reglas de su setting que tuvo la habilidad de hacer que coincidiesen con las del setting clásico. Pienso que rechazó siempre unvis-a-vis, a pesar de habérselo propuesto yo más veces para romper con la ficción de las palabras y el revuelto en el cual había cristalizado la cama analítica. Pienso en la paciente como este San Sebastián y siento afecto. Calla. Yo callo también, escuchando mi sentimiento afectuoso, y finalmente susurro: “¿Quién me redujo así?”. Contesta en seguida: “Yo, sin duda”. Si antes me parecía tenerla a mi lado, quizás por el afecto que me infundía, ahora de repente la siento falsa. Le digo que me parece que se apresura a dar una contestación de catecismo (y se trata de un viejo argumento). “Es la bella durmiente, al revés”, contesta.

Juzgo interesante este desplazamiento hacia aquel cuento y me tienta la intervención; pero, sabiendo por experiencia que se podría tratar de una trampa, espero. Calla. Pregunto “¿A quién hay que despertar?”. “A mí, sin duda”, contesta del mismo modo. Entonces le digo que algo le impide expresarse más libremente y la obliga a dar contestaciones de catecismo. Calla. Me siento irritado. Callo, espero; luego digo que ella desearía despertarse, quitarse del museo, curar sus heridas, y que sin embargo tiene miedo a encontrar a una sí misma diferente de cómo se impone ser. Silencio. Luego dice: “¿Entonces en lugar de besarle a Usted, me tengo que besarme a mí misma?”. Advierto que la paciente, sin decirle yo nada explícito, comprendió su problema del besar: encontrarse consigo misma para poderse encontrar conmigo, y, quizás, dejar de tenerle miedo a mi beso.

Confiando en mi sensación, que ella había comprendido, le digo: “Es lo mismo”. Pregunta: “¿Por qué?”; y yo siento de nuevo que cerró su incipiente comprensión. Quizás mi comentario haya sido demasiado asertivo, y ella se sintió invadida. Quizás haya estado demasiado cerca de ella, y se retiró. Contesto que estaba comprendiéndolo por su cuenta. La siento perpleja, como si dudara si seguir adelante en una comprensión efectiva, que haría que se sintiera en contacto conmigo; o, por lo contrario, volver a levantar la tapia entre sí y “mi” pensamiento. Pienso que si yo me quedo por acá de la tapia y no trato de superarla, ella se sentirá menos angustiada y con más ganas de seguir con “su” pensamiento.

Después de un silencio dice: “Se me ocurre otro sueño. Estaba en la playa, hablando con un tío muy libremente y sobre temas íntimos, pero llega otro que me arma un número”. No añade nada más, mientras yo pienso en los dos tíos como en dos tendencias suyas hacia mí: el deseo de un contacto libre e íntimo, y su miedo a perder en él su frágil Self; miedo que la obliga a una separación violenta, como si por celos no quisiera que su parte secreta dialogase conmigo.

Al día siguiente llega con notable retraso, que atribuye a los trenes [es cierto, pero lo es también el que utiliza un tren que le permite llegar a tiempo sólo si está perfectamene puntual], y empieza a hablar de San Sebastián, de pintores y cuadros, de modo totalmente desconectado de cualquier referencia al sueño y a sí misma. Siento que, como en muchas otras ocasiones en los varios años de análisis, quiere que yo intervenga interpretando como asociaciones sus referencias crítico-artísticas, para luego sentir las interpretaciones como un ritual, algo mío con lo que ella tiene la complacencia de asentir; para poder confirmar su idea de que el análisis yo lo hago y no ella, y poderse defender de este modo de la angustia que una permeabildad de pensamiento entre ella y yo la “desconfirme”, llegando a su “pensamiento consciente-acción”, alrededor del cual cristaliza su frágil Self. Callo, mientras ella sigue su charla, ofreciendo muchas ideas que se podrían interpretar como asociaciones; por otra parte, sé por experiencia que hacerlo sería una técnica contraproducente. Siento que la paciente se mantiene alejada, pero a la vez siento que podría estar en las condiciones de acoger algún mensaje que la ayude a pensarse a sí misma. Pero advierto que, si hablase, mis palabras se trasformarían en colusión con sus palabras. ¿Cómo separar el engaño de las palabras? Callo, y luego, con la intención de señalarle la existencia de un pensamiento diferente del que estaba emitiendo y más pertinente a sí misma, decido darle una serie de señales no verbales, es decir gruñidos muy breves y ligeros, medios suspiros, el movimento de la mano en el brazo de mi butaca. Sé que ella capta de forma muy fina, con el oído, cualquier ruido, y pienso que podría acoger mis señales como interpretaciones más eficaces que las palabras. Bambi, sin embargo, hace como si no oyera, y sigue obstinada con el anzuelo de sus asociaciones, hasta que, después de otra señal mía, calla y comenta: “Está usted hoy muy callado”. Entonces le digo que estaba pensando que ella se estaba portando según las reglas de un museo, mientras que en el sueño se portaba de forma diferente.

Entonces dice: “Pero todas estas cosa que se me ocurren [sobre la crítica artística] pueden ser importantes”. Le digo que pueden serlo mucho si se pueden elaborar en un contacto íntimo (aquí aludo a otro sueño reciente) y en una sintonía de pensamientos, mientras que me parece que hoy ella quiere tomar las distancias. Le digo también que estoy pensando en cómo no consigue acoger mis mensajes no verbales porque producen un contacto excesivo, que la angustia; y que esto tal vez la induzca a borrar una relación conmigo que advierte como peligrosa. Contesta secamente “¿Cómo puedo comprender lo que Usted entiende [emplea mucho este verbo] con sus señales?”. Callo durante un momento y luego le digo una breve frase en dialecto lombardo: “Ueih, duturesa, cuntala mej” (“Vamos, doctora, no me venga con estos cuentos”). Calla, luego reanuda todavía el discurso sobre la crítica artística. Yo sigo callando, y, mientras, pienso en la larga experiencia que he hecho con esa paciente, en cómo la clásica interpretación de las asociaciones [consideradas de por sí] contribuyó, en los primeros años, a hacer que ella haya ritualizado el diálogo de la cama analítica, institucionalizando las defensas, para poner una barrera entre ella y yo; en cómo ha rechazado, más veces y de forma categórica, mis propuestas (por otra parte discretas) de sesiones vis-a-vis. Pienso cómo este rechazo es el mismo rechazo-miedo que hoy manifiesta hacia mis mensajes no verbales. Pienso cómo romper estas barreras sin que se me perciba como invasivo.

Ahora también la paciente calla, mientras siento que se acerca progresivamente y me siento afectuoso hacia ella. Entonces dice con voz muy fría: “Hoy me parece que está Usted muy alejado”. Pienso en el intercambio de identificaciones proyectivas[2] y en su miedo a sentirme cerca y a sentirse a sí misma en contacto conmigo. Después de un silencio más largo, la paciente dice, con voz cambiada y ahora auténtica: “¡Ayúdeme!”. A este punto, después de haberlo pensado bien, doy ligeras palmaditas en el cojín, a pocos céntimetros de distancia de su cabeza, y llamándola por el nombre de pila, digo :”¡Estamos aquí! Usted y yo!”. Calla. La sesión termina. Al incorporarse ha cambiado de expresión: me parece emocionada; tropieza en la alfombra, en la puerta me mira, lo cual es muy raro; parece que le brillan los ojos.

A la sesión siguiente, en una atmósfera del todo cambiada, me dice que me sintió próximo; y que está contenta. Y me habla de un tebeo donde una princesa maldice a una rana :”Bésame, ¡y volverás a ser el príncipe que antes eras!”. Pero la rana dice: “Volveré a ser renacuajo”. En esta sesión encontramos el modo de interpretar, ahora de forma eficaz, que ella teme que el beso conmigo la revele peor, en lugar de salvarla del ensalmo de su enfermedad.

Parece, en efecto, que el miedo al contacto está fundado en el terror a representarse sus propios pensamientos, de llegar así a la simbolización de las fantasías de odio, descubriéndose a la vez necesitados de ayuda, como un pequeño renacuajo que no puede salir del agua. Una parada en el desarrollo de las capacidades de simbolización se debería entonces a lo insostenible de un proceso evolutivo realizado sin un caregiver que “enseñe” a pensar y a tolerar el hecho de poder pensar también las cosas malas.

En el caso que se ha presentado no sólo no había habido tal caregiver, sino que había sido activo, con resultados nefastos, un adulto que hacía que rebotasen las identificaciones proyectivas malas, impidiendo por esto el pensamiento. Este último fantasma hizo muy difícil el análisis, con respecto especial a la modulación de la interpretación. El caso me enseñó, pues, a pensar lo que puede entenderse como interpretación, cuando estamos a estos niveles, y como ella puede vehicularse con las palabras, por supuesto, pero también con otros medios, con tal que los mismos puedan ser adecuadamente controlables, es decir modulados por una elaboración adecuada. En esta vertiente, en la formación de los analistas, es probable que quede mucho por estudiar. En especial, creo que hace falta aclarar mejor la distinción entre la actuación (acting) y la comunicación no verbal. Dicha distinción se fundó a menudo más en la cualidad del medium que sobre el hecho de ser “pensada”. También la verbalidad de lo que se llama “interpretación” puede ser una actuación. Por otra parte, una comunicación no verbal puede constituir una interpretación: obviamente a condición que pueda ser “pensada”, así como hace falta pensar una interpretación verbal adecuada. Aquí, sin embargo, milenios de costumbres culturales privilegiaron el lenguaje verbal: la recuperación de los otros lenguajes, pues,  no resulta fácil, y pienso ahora en la formación de los analistas. Estos lenguajes, en las relaciones de los seres humanos, se han relegado más a la expresividad que a la comunicación, más al impulso que a la elaboración del pensamiento.Por consiguiente, al empeñarse en su uso comunicativo, se da el riesgo de un enfoque excesivo del hecho de que es el medium como tal lo que deja pasar nuestro pensamiento, olvidando que es el tipo de pensamiento (que se sirve de la modulación de ese medium) lo que sabe “pasar”; se da el riesgo, esto es, de ser intrusivos.

BIBLIOGRAFÍA

 

-Bion E. (1962), Learning from Experience, Heinemann, Londres [trad. it. Apprendere dall’esperienza, Borla, Roma, 1972].

—-(1963), Elements of Psychoanalisis, Heinemann, Londres [trad. it. Gli elementi della psicoanalisi, Armando, Roma, 1973].

—- (1970), Attention and Interpretation, Tavistock, Londres [trad. it. Attenzione e interpretazione, Borla, Roma, 1973].

– Bleger J. (19767), Simbiosis y ambigüedad, Paidos, Buenos Aires [trad. it. Simbiosi e ambiguità, Lauretana, Loreto, 1992].

-Bollas C. (1987), The Shadow of the Object, Free Ass. Boks, Nueva York [trad. it. L’ombra dell’oggetto, Borla, Roma, 1989].

—-(1992), Being a Character, Farrar, Straus & Giroux, Nueva York [trad. it. Essere un carattere, Borla, Roma, 1995].

Bowlby J. (1969, 1973, 1980), Attachment and Loss (vols. 1, 2, 3), Basic Books, New York [trad. it. Attaccamento e perdita, Boringhieri, Torino, 1972, 1975, 1983].

—-(1979), The Making and Breaking of Affectional Bounds, Tavistock, Londres [trad. it.Costruzone e rottura dei legami affettivi, Cortina, Milán, 1982].

-Bretherton I. (1990), Open Communication and Internal Working Models: their Role in the Development of the Attachment Relationship, en Thompsn R. A. (ed.), Socio-Emotional Development, Un. Nebraska Press, Lincoln (NE).

-Fonagy P., Steele M., Steele H., Leigh R., Kennedy R., Matton G., Target M., (1995),Attachment, the Reflective Self and Borderline States, en Goldberg S., Mui R., Kerr J. (eds.),Attachment Theory: Social, Developmental and Clinic Perspectives, Th Analytical Press, Hillsdale, N. J.

-Greenspan S. (1997), Devolopmental Based Psycotherapy, Int. Un. Press, Madison (Co).

-Grinberg L. (1976), Culpa y depresión, Paidos, Buenos Aires [trad. it. Colpa e depressione, Il formichiere, Milán, 1978].

-Imbasciati A., Calorio D. (1981), Il protomentale, Boringhieri, Torino.

-Imbasciati (1989), La donna e la bambina, Angeli, Milán.

—-(1997), Comunicazione gestante-feto e madre-neonato e sviluppo psichico e psicosomatico del bambino, Ricerche di psicologia (número especial: Contributi per la medicina), 249-258.

—-(1998), Nascita e costruzione della mente, UTET Libreria, Turín.

—–(1999), L’inconscio come simbolopoiesi (en prensa).

-Ogden T. H. (1990), The Matrix of the Mind, Aronson Northvale, New Jersey.

-Winnicott D. W. (1958), Through Pediatrics to Psychoanalysis, Tavistock, Londres [trad. it.Sviluppo affettivo e ambiente, Armando, Roma, 1970].

—-(1965), The Maturational Processes and the Facilitating Environment, Hogarth Press, Londres [trad. it. Sviluppo affettivo e ambiente, Armado, Roma, 1970].

—-(1971) Playing and Reality, Tavistock, Londres [trad. it. Gioco e realtà, Armando, Roma, 1974].

_______________________________________

[1] Si, en cambio, utilizo palabras mías, la paciente me “corregiría”, tal como hacía su madre con ella.
[2] Pone en mí el afecto y las exigencias que ella no puede tolerar, para poderme atribuir su distanciamiento.
[1] Conformarse con quedarse en contacto físico conmigo para combatirme.
[1] Es obvio que, a estos niveles, se consideran pensamientos las vivencias rudimentarias, que se pueden expresar o percibir a través de canales sensoriales y medium preverbales.
[2] Durante las sesiones con esta paciente me daba cuenta de un aumento de su miedo persecutorio cuando emanaba un olor que se parecía al de la caza: el olor del animal salvaje perseguido.

Il controtransfert nel corpo dell’analista, Atti Convegno “Significato e senso della malattia”
[184]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Nome convegno: Significato e senso della malattia: XVII Congresso, Siena 3-6 novembre 1999
Editore: Siena, Novembre 1999, pp. 220-228
Le difficoltà della ricerca scientifica nelle cattedre psicologiche delle facoltà mediche, Atti Convegno: “Collegio Docenti discipline psicologiche nelle Facoltà Mediche”
[156]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Editore: Firenze, 23/3/96, pp. 95-101
Le difficoltà della psicologia nell’ambito medico, Atti Convegno Psicologia Futura, Torino 21-22 ottobre 1994 a cura di Felice Perussia
[145]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Editore: Psicologia Futura, Tirrenia Stampatori, Torino, 1995, pp. 213-220
Il raggiungimento dell’identità di genere, Atti IV Congresso Soc. Italiana Ginecologia dell’Adolescente, Firenze, 1993 a cura di Bruni V. e coll.; Ginecologia dell’infanzia e dell’adolescenza.
[136]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Training di base per gli psicoanalisti, Convegno S.P.I., Firenze 28/01/90
[122]
Autore/i atto: Imbasciati Antonio
Editore: Notiziario Società Psicoanalitica Italiana, Settembre 1990, pp. 113-115